Misericordia,
una oportunidad
de vivir

 

Portadores de esperanza

Día 23: lunes, semana 4

 

Despertar la esperanza

Como iglesia, nuestro deseo constante es ser una presencia de Dios amorosa, atenta, compasiva, reconciliadora y sin violencia. Al mismo tiempo, crece dentro de nosotros un deseo de ser instrumentos de esperanza en medio de la oscuridad y de la desesperanza que crece como una epidemia a nuestro alrededor.

A pesar de su fe en Dios, en Jesús, sabemos que las personas pueden perder y pierden la esperanza en la vida, en Dios, en la Iglesia, en los gobiernos. El dolor hace cínicas a las personas. Como persona comprometida con la Iglesia nacida en nosotros, a ser una presencia maternal de la Iglesia, nunca debemos olvidar que nosotros mismos no estamos inmunes.

Un hecho es cierto. No podemos hacer surgir la esperanza en nosotros o en alguien más, ni sugerir ingenuamente que al final todo va a salir bien. Pero, sabemos ¡que nuestro tiempo tiene una gran necesidad de tener esperanza!

Entonces estamos comprometidos a dirigirnos una y otra vez hacia nuestro prójimo, esforzándonos por ser parteras de la esperanza y confiar en la presencia de Dios en las personas que servimos y en cada uno de nosotros (Lucas 1:39-55).

 

Reflexión

  • ¿A quién o hacia dónde me dirijo cuando me falta la confianza?
  • ¿Creo en la fortaleza de mi relación con las demás personas?
  • ¿Cómo y cuándo siento la necesidad de ayuda y comunión (intimidad) con las demás personas?
  • ¿Qué podemos ofrecerles a las personas desesperadas, cuya autoestima está destrozada, que se encuentran en peligro físico y mental?

«El grito de Jesús en la cruz, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15:34) es generalmente interpretado como una expresión de desesperación. Pero en la tradición judía, la cita del inicio de un salmo denota la cita de todo el salmo. Por lo tanto, es importante ver que el Salmo 22 efectivamente comienza con un lamento conmovedor, pero luego termina con la posibilidad de ser rescatados y redimidos por Dios. Por consiguiente, el grito de abandono de Jesús no expresa desesperación, sino que expresa confianza y esperanza, aun en el sentido más extremo de abandono de Dios». (Walter Kasper, La Misericordia)

 

Oración

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?
¡Las palabras que lanzo no me salvan!
Mi Dios, de día llamo y no me atiendes,
de noche, mas no encuentro mi reposo.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
¡fuerza mía, corre a socorrerme!
Libra tú de la espada mi alma,
de las garras del can salva mi vida.
Sálvame de la boca del león.

Tú me has rescatado.
Yo hablaré de tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré también en la asamblea.
¡Alaben al Señor sus servidores!

Todo el linaje de Jacob lo aclame,
toda la raza de Israel lo tema;
porque no ha despreciado ni ha desdeñado
al pobre en su miseria, no le ha vuelto la cara
y a sus invocaciones le hizo caso.

Para ti mi alabanza en la asamblea,
mis votos cumpliré ante su vista.
Los pobres comerán hasta saciarse,
alabarán a Dios los que lo buscan:
¡vivan sus corazones para siempre! (Salmo 22)

 

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