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del retiro

¡Un año con Santa
MARGUERITE BOURGEOYS!

por Louise Finn, CND

 

Viajar en los 1600 tanto por tierra como por mar no era – por decir algo – para personas débiles de corazón. Entre Troyes y los puertos del Atlántico de Francia, el viajero se enfrentaba a varias semanas de viaje en carreteras llenas de baches y lodo en una campiña desgarrada por la guerra. Las ruedas de los carruajes se caían en los momentos más inoportunos. Personajes peligrosos aparecían de la nada. Los barcos veleros que viajaban por alta mar se enfrentaban a ataques de barcos enemigos, eran sacudidos por vendavales, quedando anclados durante días – o incluso semanas. Los pasajeros y la tripulación que viajaban a la Nueva Francia tenían que soportar por lo menos un mes de incomodidades, comida desagradable y muchas veces raciones de hambre. Pese a eso en 1641 los soldados y reclutas de la nueva colonia de Ville-Marie (que luego se convertiría en Montreal – Quebec ya había sido fundada) zarparon de Francia, viajaron en dos barcos diferentes.

Debido al mal clima y a la condición de su barco, Paul de Maisonneuve, el líder de la expedición, tuvo que regresar al puerto en tres ocasiones. En el proceso no solamente perdió dos semanas de tiempo de viaje, sino que también cuatro reclutas, dejando solamente 41 soldados y colonos.

Al llegar a Quebec, tuvieron que pasar el invierno antes de seguir adelante. Durante estos meses los colonos de Quebec trataron desesperadamente de persuadir a los colones de ambos barcos a que se quedaran ahí – sus motivos simplemente eran tener más hombres con buena condición física para defender su propia colonia.

Sin embargo, en mayo de 1642, finalmente dejaron Quebec, navegaron por el río San Lorenzo y llegaron a Montreal diez días después.

Presentado por:
Congrégation de Notre-Dame
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