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Hermana cuenta la historia de su vocación

Por la hermana B. Gallant, CND
(Escrita por primera vez como novicia en 1958)


«¿Qué deseas hacer cuando seas grande?».

A la edad de diez años, mi respuesta a esa pregunta fue, «Me gustaría ser una monja, porque quiero estar segura de ir al cielo».

Este era todo el conocimiento que tenía acerca de las monjas en ese entonces y hasta hace unos pocos años. Crecí en Cardigan, P.E.I. y junto a mi familia me trasladé a Moncton, N.B. donde terminé la secundaria, de manera que realicé todos mis estudios en escuelas seculares. Mientras se acercaba la graduación de secundaria en junio de 1951, cuando tenía diecisiete años, oré pidiendo la gracia de conocer mi vocación. Pensé en la enseñanza para mi futuro, ¡pero nunca se me ocurrió la idea de ser una maestra religiosa!

Ese otoño comencé a trabajar en una oficina y mantuve ese mismo empleo hasta junio de 1956 cuando ingresé. Estaba muy ocupada y muy interesada con mi trabajo y la vida social que siguió. Los años pasaron, y por lo visto estaba bastante contenta y satisfecha con mi entorno.

Poco a poco, comencé a ver la vida de la manera en que la viven hoy en día muchas personas. El pecado y la falsedad, me parecía a mí, tenían un lugar real en nuestras vidas. Me dio la impresión de que las personas en general y especialmente los jóvenes no se enfrentaban a la vida de la manera que debían, solamente estaban interesadas en los placeres del momento. No siempre estaba de acuerdo con la manera de pensar y actuar de mis compañeras y generalmente me acusaban de ser «lenta», «anticuada» o «una santa». Talvez esta fue la semilla que hizo que comenzara a pensar más seriamente. «¿Podría yo hacer algo más provechoso, no solamente para mí sino también para los demás?».

Siempre estuve interesada en la religión y me gustaba hablar de ella, también leía libros y revistas católicos. Muchos de ellos eran de tipo biográfico y trataban con las vocaciones en general. También tenía un crucifijo luminoso en la pared de mi habitación que algunas veces parecía reprenderme, «La vida ofrece más que esto, tú lo sabes, más que bailar y trasnochar».


En mayo de 1955 llegó a mí la posibilidad de vivir una vocación religiosa. Esta idea nueva no fue exactamente acogida y traté de evitar pensar en ella lo más posible. Sin embargo, continuó inquietándome, especialmente durante mi oración y mi comunión semanal. Luego, cada vez que me daba la vuelta, ya sea en la Iglesia o en la pista de baile. ¡Solamente tenía que darle una oportunidad! Un día mientras leía un folleto que enumeraba quince «señales posibles para una vocación religiosa», pude decir de manera honesta «sí» a por lo menos diez de ellas. Pareció, al terminar de leer, que una pequeña voz dijo, como para machacarla en mi cabeza, «Tú tienes. Tú tienes. Tú tienes». Decidí entonces - «Está bien, tú ganas», y ¡lloré como un bebé!

Fue hasta octubre que se lo mencioné a mi confesor, quien me animó. Como nunca había tenía relación alguna con monjas o conocía muy poco de cualquier orden en particular, mi problema principal entonces era: ¿Dónde? El sacerdote me presentó a una hermana de las Hermanas de la Caridad de St. John, N.B. que enseñaba en Moncton. Ella me habló un poco acerca de la vida general en el convento y me dio una lista de los requisitos particulares de esa orden. Esto, parecía, no ser suficiente. Deseaba conocer algo de las demás órdenes antes de tomar mi decisión.

Tan pronto como me decidí a continuar con la idea, le escribí a una ex profesora mía, quien, sabía que había ingresado a la vida religiosa, aunque no sabía en cuál orden. A través de ella, en noviembre de 1955, conocí por primera vez a la Congregación de Notre Dame, la cual antes de ese momento no tenía idea de su existencia. Mi propósito al escribirle a ella era pedirle información particular y los requisitos de esa orden. La hermana me invitó a visitar el convento en North Rustico, P.E.I. Fui por una semana y me impresionó mucho su aparente gozo continuo y caridad de una por la otra. La corriente eléctrica había fallado durante tres días y hacía frío. ¡La primera noche me acostaron con una bolsa de agua caliente utilizada como un calentador de cama! Salí de ahí sintiéndome bien pero no muy segura. Las hermanas iban a orar por mí y yo comencé a rezar una oración corta a su fundadora, Marguerite Bourgeoys, para conocer mejor mi vocación. Como no puedo explicar de manera natural mi decisión final, me inclino a explicar mi presencia aquí el día de hoy como el resultado de las oraciones de esas buenas hermanas y las de nuestra querida fundadora.

Intercambiamos correspondencia desde noviembre hasta abril. Todo ese tiempo estuve inquieta de una manera indescriptible. ¿No me deseaba Dios en un convento en particular? Mis padres habían muerto y no deseaba contarle a ninguno de mis nueve hermanos o hermanas hasta que tuviera resuelto el problema. Por lo tanto, lo mantuve entre mi confesor y yo.


Después de decidir que sería la Congregación – especialmente porque deseaba ser maestra – le escribí a North Rustico y a la Casa Madre en Montreal. La respuesta a una de esas cartas se perdió en el correo y la otra respuesta, junto con el formulario de aplicación, la perdí en un banco de nieve. ¿Eran estas señales de mala fortuna que no entraría en la CND? No escuché ni una sola palabra del convento durante más de un mes. Mi sentido de independencia, supongo, y las demás circunstancias, me hicieron reconsiderar y le escribí una letra oficial a las Hermanas de la Caridad pidiéndoles que me admitieran ahí. Esta fue respondida de manera afirmativa. Fue después de recibir esta respuesta a finales de marzo que escribí de nuevo a North Rustico. Las hermanas, al sentir mis sentimientos de frustración y depresión, decidieron llamarme de larga distancia mientras estaba en el trabajo, además de escribir letras de ánimo y sugerir que las verdaderas vocaciones a menudo son probadas. Pasaron unos cuantos días más y decidí regresar a mi primera decisión, la CND. No puedo decir realmente cómo llegué aquí, pero cada día me convenzo más que fue solo el resultado de la oración y que este es el lugar donde el Buen Señor desea que esté.

Cuando considero las circunstancias de mi vida pasada, el hecho de no tener a mi madre desde los cinco años y a mi padre desde los catorce; que nunca asistí a ninguna escuela de monjas y nunca conocí a una, más el hecho de que desde los quince, la mayoría de mis amigos y compañeros de trabajo no eran católicos, no puedo más que considerar mi vocación como un trabajo directo de la Divina Providencia. Este hecho es el incentivo más grande para seguir adelante. Ahora que he comenzado, realmente deseo mi vocación ya que estoy convencida que una vocación religiosa es uno de los regalos más grandes que Dios nos puede dar. Aunque algunas veces la encuentro difícil, yo se que nunca estoy sola. Mi única esperanza es que pueda continuar conociendo los caminos de Dios y que pueda tener el valor y la fortaleza de convertirme en una religiosa buena, santa y humilde en la Congregación de Notre Dame. Esta es la intención de mis más ardientes oraciones.

Mi opinión en relación a mi vocación es que definitivamente somos libres de tomar nuestras decisiones ya que Nuestro Señor no nos ordena, más bien nos invita a seguirlo. Sin embargo, pienso que al igual que el joven rico que rechazó la invitación, también experimentaremos tristeza aun cuando podamos encontrar cierto grado de alegría en otro estado de vida. Porque Dios nos dio libre albedrío, Él nunca nos forzará a amarlo ni nos ordenará a aceptar este llamado especial.


Este artículo fue publicado por primera vez en el Charlottetown Diocesan News en 1978 con el siguiente epílogo:

Los últimos 20 años me han permitido darme cuenta más claramente que cada llamada del Señor es dada de manera única y debe ser respondida de una manera muy personal y perseverante. Solamente en una respuesta diaria de fe a la persona de Cristo, en Él y en Su Cuerpo, la Iglesia, es que uno crece en entendimiento de las riquezas del misterio de la vida de votos vivida en comunidad. Sí, debemos ser generosos, ¡pero parece ser que el Señor siempre es más generoso! El cien por ciento ofrecido por Él, aun en esta vida, se ha convertido en una experiencia vivida mientras camino en fe y alegre confianza en una vida de servicio a Dios y a mis hermanos y hermanas. ¡Y creo que todavía falta mucho por venir! Aleluya


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