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Marguerite Bourgeoys: Una mujer de Dios, una mujer para los demás

Hermana Louise Côté, CND

El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto. (Jn 15:5)

La hermana Marie Morin, analista del Hôtel-Dieu de Montréal, describe a Marguerite de esta manera: «No existe nada que la hermana Bourgeoys no pueda hacer. Ella tiene éxito tanto en asuntos espirituales como temporales porque sus acciones y su inteligencia son inspiradas por el amor del Señor».

La fuerza impulsora detrás del compromiso misionero de Marguerite Bourgeoys fue su amor a Dios. Antes de ser una mujer para los demás, ella fue ante todo una mujer para su Dios. Su mayor deseo siempre fue hacer la voluntad de Dios, a quien había entregado su amor. En una oración para María, ella se expresó de la siguiente manera: «Mi buena y muy honrada Madre, no te pido ni riquezas ni placeres, ni honores para la vida actual en esta casa, sino que Dios sea amado, servido y obedecido».

Dirigiéndose a Él «Mi Señor y muy amable Salvador», le pide lo siguiente para ella y para sus hermanas, «…que no tengamos nunca otra satisfacción que vivir en Ti y contigo».

Hacia el final de su vida, ella afirmó, «Es verdad que todo lo que más he deseado siempre y que sigo deseando más ardientemente, es que el gran precepto del amor a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a sí mismo sea grabado en todos los corazones».

El amor de Marguerite Bourgeoys hacia Dios y hacia el prójimo fue expresado en un compromiso a la misión educativa. Ella le dijo a una hermana a quien preparaba para este apostolado, «Qué contenta estará la hermana que se manda en misión, si piensa que va por orden de Dios y en su compañía; si piensa que, en este empleo, ella puede y debe testimoniar su agradecimiento a Él, de quien ha recibido todo».

El amor es algo que no debe medirse. Las letras de una canción dicen, «Amar es dar todo, es darse uno mismo». El regalo de uno mismo por amor caracterizó a Marguerite Bourgeoys mientras llevaba a cabo su misión. Esto fue cierto hasta el final de su vida.

¿Existe una manera más grande de mostrar nuestro amor que dando nuestra vida, dando nuestra vida para que la otra pueda vivir y seguir su misión?

La noche del 31 de diciembre de 1699, Marguerite Bourgeoys gozaba de buena salud mientras que la hermana Catherine Charly, maestra de novicias, se encontraba a la puerta de la muerta. Cuando le contaron esto a Marguerite, ella dijo, «¡Ah, Dios mío! ¿por qué no me tomas (…) en vez de esta pobre Hermana que puede servir todavía esta pobre casa?».

El Dios que ella amaba escuchó su oración y Catherine mejoró pronto. Marguerite, sin embargo, murió la mañana del 12 de enero de 1700. Marguerite Lemoyne, entonces Superiora de la Congregación anunció la muerte de su fundadora con estas palabras: «Ella murió, mis queridas hermanas, de la manera que vivió, amando a Dios con todo su corazón y manifestando su ardiente deseo de estar con su Creador».

Un sacerdote en Canadá le escribió a uno de sus amigos, «La hermana Bourgeoys murió ayer en la mañana. …Nunca habían estado tantos sacerdotes y religiosas en la iglesia de Montreal como esta mañana durante el funeral de esta santa mujer. … Si los santos se canonizaran hoy en día como antaño, mañana estaríamos dando la misa de santa Marguerite de Canadá».

Otra historia se relata en el libro de Moïse Blatix, Santa Marguerite Bourgeoys de Montreal y de Troyes. Es la de una joven que fue encomendada al cuidado de Marguerite Bourgeoys cuando partió hacia Canadá, y que luego se casó:

«Durante estas últimas semanas, tanto la alegría como el dolor llenaron el corazón de Marie Dumesnil. Catherine Charly era su hija. La había visto a la puerta de la muerte y luego regresar a la vida, mientras que Marguerite Bourgeoys se acercaba al final de su vida.

El 11 de febrero, Marie Dumesnil regresó a la iglesia para asistir a la misa de los treinta días. Mientras el señor Belmont elogiaba a Marguerite Bourgeoys, Marie Dumesnil escuchaba cuidadosamente. Cuando salió de la iglesia, ella dijo, «Todo está bien, pero no se compara en nada con lo que he visto y lo que sé».

¿Qué fue lo que vio? ¿Qué era lo que ella sabía? Ella vio a una hija de Dios, Marguerite Bourgeoys, ofrecer su vida para que su hija viva. Marguerite Bourgeoys fue una servidora de la vida, como ella, una madre para su hija, y la madre de todas las mujeres de Ville-Marie».

Marguerite Bourgeoys

Nació en Troyes en 1620

Bautizada en la iglesia Saint-Jean-au-Marché

Murió en Montreal (Canadá) en 1700

Canonizada por el papa Juan Pablo II en 1982

 

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