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7 DE OCTUBRE DE 1640: invitación a la compasión

Eileen Scott, CND

Uno de los pasajes más intrigantes del autógrafo [escritos] es el relato de Marguerite de la Procesión del Rosario de 1640. Hay tres versiones diferentes de la misma, añadiendo un detalle aquí, omitiendo uno allá, pero sustancialmente la misma en cuanto al momento y su secuela. En ninguna parte habla ella de una visión o una aparición. Sin embargo, no tiene duda alguna sobre la naturaleza espiritual de la experiencia o su calidad mariana. Ella se conmovió tan poderosamente a la vista de una Madona que había visto muchas veces antes de que fuera completamente cambiada. Ya no era la misma persona para su familia y amigos. Hasta ahora, había tenido poca simpatía con los miembros de una cofradía que trabajaban en medio de los pobres. Ella los consideraba pretenciosos [y] de mente estrecha. Ahora se le ha dado entendimiento. Sin embargo, no se le ha dado ninguna orientación específica en cuanto a lo que se espera de ella. Ahora, inmediatamente reúne en su vida la dualidad evangélica de la oración y del servicio, el amor a Dios y el consiguiente amor a los demás hombres [y mujeres], especialmente a todos aquellos que sufren y a los desfavorecidos. Ella se une a la cofradía y trabaja con los pobres. Ella es capaz de decir los últimos años de su vida que nunca ha abandonado esta primera conversión auténtica. Del momento de la intuición nació la compasión. Ni la piedad ni la simpatía tienen la misma dimensión. Pero la compasión impone una realización de la humanidad compartida. Es cada vez más exigente y agrandada, afirma perpetuamente la vida de los demás, una invitación a la comprensión.

Este sentido de unidad con la humanidad errante, de solidaridad con todos los hombres [y mujeres] es el primer paso hacia la participación. Con los años, las Escrituras señalaron a Marguerite el modelo de la participación total en el amor: el misterio de la Visitación, un misterio de consuelo, un deseo de consolar a las personas en apuros o con dudas, una constancia de una presencia fiel, comprensiva, real. La elección de la hermana Bourgeoys de este misterio era de alguna manera inevitable. Era una confirmación del estilo de vida que ella debía realizar para y con los demás. La compasión es nuestra difícil vocación.

 

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