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Mi experiencia con los niños y niñas

Ercilia Janeth Ferrera Erazo, CND

Como Hija de Margarita dispuesta a todo fui invitada a pasar el día y trabajar con los niños y las niñas, todo un desafío. Primero, porque la casa del migrante no ha tenido la experiencia de acoger niños y no hay espacios propios ni recreativos para ellos.

La primera semana las edades de los niños eran de 3 a 14 años y la segunda semana de 7 meses a 14 años. ¡Ven el desafío! Desde buscar pañales para los más pequeñitos.

La mañana estaba dedicada a pintar, dibujar, al inglés y a las matemáticas. Tres voluntarias nos turnábamos para atenderlos, acompañarles, entretenerles y enseñarles.

Por la tarde miraban alguna película y tenían juegos de entretenimiento.

Esta experiencia de vulnerabilidad ha sido una de las que me tocó más profundamente. El compartir con los niños, escucharles, verles tan pequeños viviendo grandes miedos, desafíos, yendo hacia lo desconocido, huyendo de realidades duras de vivir.  No puedo apartar de mi mente y corazón estas pequeñas caras y nombres, me acompañan cada día.

No fue el estar con ellos en las clases sumando, restando o multiplicando, saludando en otro idioma diferente al conocido, o jugando con ellos, sino el escucharles con y desde el corazón, y saber que esas vivencias y experiencias que marcaran sus vidas para siempre, también marcaron la mía.

Las niñas y los niños venían de diferentes lugares, así encontrábamos niños de Nicaragua de Chinandega; de Honduras de San Pedro Sula, Villanueva, Copan, Olancho, Tegucigalpa, Lempira, Comayagua, Choluteca, la Ceiba; de Guatemala de Coatepeque, Quiche, Huehuetenango, Nenton, Guate; y de El Salvador, Haití, Camerún, Ghana, Nigeria… unos haciendo largos viajes, caminando horas, días, semanas, escondiéndose de la policía, durmiendo en el camino donde les agarrara la noche, durmiendo en el suelo a la intemperie con los peligros de los animales o los asaltantes.

Muchos de ellos tuvieron la experiencia de haber estado detenidos, encarcelados por haber intentado o haber pasado la frontera. Algunos fueron detenidos y conducidos a las cárceles de Estados Unidos y vivieron la dura experiencia de haber sido encerrados sin comer, ni posibilidad de bañarse. Ellos mismos contaban haberse montado al avión blanco, que es de donde los agarraron para conducirlos hacia San Diego, y después en bus a la frontera de Tijuana. Estaban siendo deportados y ellos tratando de pedir asilo en los Estados Unidos. Algunos de ellos recibieron un numero para tener una audiencia en la corte, pero para llegar a tener esa cita pueden pasar meses enteros. Algunos de los que fueron detenidos y deportados en enero tendrán su audiencia en agosto, noviembre o febrero de 2020. Esta puede ser una estrategia para desesperarlos y que regresen a sus países. El trato no es el mismo para todos, eso es más para los centroamericanos, los otros países son aceptados con más facilidad.

Todos estos niños y niñas acompañan a sus padres y madres en la travesía. Pero quiero aclarar, los que encontré no vienen como familia, viajaba el papá con un hijo o hija, la mamá con un hijo o hija y casualmente el mayorcito de la familia. Ellos y ellas escucharon decir en sus países que era más fácil que los dejaran pasar si viajaban con niños… y como conocemos y hemos escuchado las noticias ¡Eso no es verdad! Algunos fueron separados de sus padres y están detenidos en las cárceles de los Estados Unidos, como también hemos escuchado el gesto solidario de muchas religiosas y religiosos que fueron detenidos por pedir a su gobierno considerar esa decisión.

Niños y niñas que huyen de la violencia, de las realidades sociales difíciles de sus países, con sus miradas tristes, tratando de comprender por qué deben dejar la tierra en la que han nacido.

Esa es parte de su experiencia actual.  También comparten lo que vivieron en el país o lo que los hizo salir huyendo, ya sea la pobreza, la falta de empleo, la amenaza vivida por las maras, la persecución política, la represión y la situación vivida desde hace un tiempo en nuestros países. También la problemática social en Haití y Camerún, por ejemplo.

Dos experiencias me hicieron prácticamente llorar. Una es la de Derek, un niño hondureño (4 años) que le lloraba a su papá porque quería unos zapatos. Derek tenía solamente unos pequeños sapitos (chancletas), había gastado sus zapatitos al caminar, y su papá no tenía dinero para comprarle los zapatos. Inmediatamente me vino a la mente preguntarme ¿Cuántos pares de zapatos tengo y utilizo yo? ¿es que necesito eso realmente? ¿o puedo vivir con menos? Y aún yo, habiendo hecho voto de pobreza… Un dicho que también me vino a la mente rápidamente es un dicho popular que me interpela siempre y que la gente repite y nos dice de vez en cuando “los religiosos y religiosas hacen voto de pobreza y son otros los que lo viven”. Igualmente, como Derek me pregunto si gasto mis zapatos caminando hacia las otras y hacia los otros, si los gasto en la misión.

La otra experiencia es de un niño guatemalteco (3 años) que lloraba mucho porque su papá tenía que salir temprano del alberge para buscar trabajo. Esta son las separaciones que ese pequeño niño ha vivido en su corta vida. Después lloraba porque quería un carrito para jugar y en la casa no había carritos. Otro de los migrantes al verlo se compadeció de él, salió y fue a comprarle su carrito y se lo entregó, ¡Su cara de felicidad era increíble! ¡Cómo los pequeños detalles pueden hacernos felices, cómo ver la necesidad del otro y la otra ayudarme a desprenderme y compartir!  ¡Mi sorpresa fue grande cuando el niño comenzó a jugar con el carro, pero diciendo que era el carro de la policía que los perseguía!!!!! Vivir con miedo e inseguridad aun en los juegos; y cómo el acompañar y dar seguridad, cuidado y ternura es tan urgente.

Ese mismo niño días después lloraba porque quería comer “tortilla con frijoles”, cosa tan normal, común y llena de significado para nosotros y nosotras. Fui a buscarle su tortilla con frijoles para entregársela. Esto significaba su pertenencia a la tierra, le hablaba que aun en un lugar que él no conocía podía sentir que podía ser su casa y sentirse parte, ser reconocido y darle seguridad.

La última experiencia significativa que viví con ellos fue justo el día que regresaba a Montreal. Brenda y yo tratamos de hacer con ellos un pastel, mismo que se compartiría y comerían después. Ver a los más pequeñitos implicados en la obra de arte y todos queriendo poner su granito de arena, con alegría, me hablaba también de la posibilidad de trabajar en equipo, de lograr objetivos juntos y juntas siendo tan diferentes. También me hablaba de la importancia de que cada quien haga su parte para que todo funcione y de fruto. Despedirme de ellos no era fácil. Se quedaron siendo parte de mi vida ahora, ver a Derek, Yoselin, Fernando, Marlon, Henry, Heidi, Ángel, entre otros con su sonrisa y queriendo soñar con un mundo nuevo y mejor, animándoles a creer que eso si es posible para ellos… ¿Será eso verdad? ¿Podrá ser una realidad para sus pequeñas vidas? ¿Es que nosotras, nosotros los adultos, nosotras las religiosas podemos crear posibilidades de vida para los pequeños migrantes?

Gracias queridos niños y niñas porque a través de ustedes Dios sigue tocando mi vida invitándome a transformarme, convertirme e ir a lo esencial y necesario de la vida.  Gracias por todos sus detalles, palabras, miradas, sonrisas y esperanza que traspasa todo. Gracias, gracias, muchísimas gracias.

Esta pulsera es un regalo que me hizo Marlon con el nombre de Yanet, como ellos me llamaban.

 

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