Acogida > Nuestra historia > Jeanne Le Ber > Biografia

Biografia de Jeanne Le Ber, primera ermitaña de América del Norte

Marie-Josée Harvey, encargada de proyectos pastorales,
Capilla Notre-Dame-de-Bon-Secours, 400, rue Saint-Paul Est, Montreal (QC) H2Y 1H4

1. Hija única de una familia histórica de la Nueva Francia…

Desde su nacimiento, nada parece destinar a Jeanne a una vida de gran pobreza y de total soledad. Su padre, Jacques Le Ber, es un hombre rico de Normandía, Francia. Será, un día, el más rico comerciante de la Nueva Francia. Su madre, Jeanne Le Moyne, tuvo cuatro hermanos que dejaron huellas en nuestra historia, sobre todo Charles Le Moyne, fundador de la ciudad de Longueuil. Él mismo tendrá hijos, primos de Jeanne, igualmente célebres, entre ellos Pierre Le Moyne de Iberville quien impedirá que los ingleses se apoderen de la Baie d’Hudson, la que pertenecía a Francia.

Montreal, llamada Ville-Marie en esa época, tenía unos quince años cuando los esposos Le Ber se instalaron en ella para vivir. Jeanne, única mujer entre cuatro varones, no tiene solamente padres bien conocidos, sino que también a un hermano, Pierre Le Ber, artista y hombre de gran piedad como Jeanne. Hoy en día todavía le debemos el poder contemplar el «verdadero retrato» de Marguerite Bourgeoys, conservado en el Museo Marguerite-Bourgeoys, a la par de la capilla Notre-Dame-de-Bon-Secours, retrato que pintó algunas horas después de la muerte de esta gran santa. Y como si el destino quisiera más, Jeanne Le Ber tiene como padrino y madrina a los dos fundadores de Montreal, Chomedey de Maisonneuve y Jeanne Mance quien, por su parte, será la fundadora del primer hospital de Ville-Marie: el Hôtel-Dieu.

2. Oración y soledad, una vocación particular se borda…

Durante su pequeña infancia, Jeanne estuvo rodeada de amor y ante todo oye hablar de Dios por medio de sus padres. El turbulento contexto social de esa época se reflejaba también en los juegos infantiles. En esa época, surgen enfrentamientos sangrientos entre los franceses y los iroqueses. Su corazón lejos de endurecerse, permanece suave: «Aun en los juegos, la pequeña Jeanne, favorece la paz», como dice la autora Denise Lamarche, CND. Además, durante las visitas a su madrina Jeanne Mance, en el hospital Hôtel-Dieu, ella se reúne con los enfermos y les habla de Dios.

Como se sabe, los primeros años de escuela generalmente marcan la vida de una persona. A menudo, algunos profesores influencian profundamente nuestros valores. En este sentido, la escuela que Jeanne frecuentó probablemente fue la de Marguerite Bourgeoys, ya que era la única en Ville-Marie. La presencia de la Madre Bourgeoys, su carisma, su amor profundo hacia Dios y su importante devoción hacia el Santísimo Sacramento posiblemente contribuyeron a sembrar la semilla de su excepcional vocación.

A los doce años, cuando estaba interna donde las Ursulinas de Quebec, Jeanne descubre un interés por la oración y la soledad, y desarrolla su talento por el bordado y la costura. Jeanne es fuertemente atraída por el silencio y la sabiduría del tranquilo y callado Niño Jesús del pesebre. Declara a sus profesores que desea «imitarlo en todas las cosas» (Jeanne LeBer, la orante y la bordadora, p.24).

Después de sus estudios, Jeanne regresa a Ville-Marie. Por respeto a sus padres, acepta llevar bellos vestidos, propios a una mujer de su posición social, pero rehúsa a todos los pretendientes. Desea aclarar su vocación y sabe que Dios le indicará el camino. Ella consulta a personas con sabiduría para que le ayuden a confirmar, lo que le parece a ella, una vocación única. Ella misma dirá que es Jesús presente en el Santísimo Sacramento quien la atrae como un imán atrae el metal. Él es su «imán». Jesús es su alegría y su paz.

3. Reclusión e intercesión

Jeanne era una mujer muy inteligente y cuando acepta la invitación de Dios lo hace por etapas.

En 1680, a la edad de 18 años, hace un voto de reclusión de cinco años, con el fin de definir mejor su vocación. Su reclusión tiene lugar en su cuarto de la casa familiar en un silencio y una soledad completa. Sin embargo, una cosa la entristecía: todos los días, ella debía «dejar» un poco su reclusión para participar en la misa en la Iglesia Notre-Dame. Cada noche, ella le hace frente al frío y va a adorar a Jesús presente en el Pan de Vida. Dirá ella que es sólo Él quien le da la perseverancia, la fuerza y el valor necesarios para vivir su vocación.

Al final de su compromiso de cinco años, confirmó esta llamada particular y se compromete de por vida. En lo que respecta a la ropa, los alimentos y las finanzas, Jeanne desea vivir una privación continua. Todo su dinero lo donó a obras de caridad para los pobres. Jeanne sabe que igualmente debe trabajar para permanecer sana de espíritu. Entonces utiliza sus talentos de artista para confeccionar hábitos y ornamentos litúrgicos. Algunos magníficos y de una calidad excepcional han sido conservados hasta hoy en día, en la Maison Saint-Gabriel en Pointe-Saint-Charles.

4. Retirada, pero no desinteresada del mundo…

El 4 de agosto de 1695, ella firma un contrato con las hermanas de la Congrégation de Notre-Dame fundada por su amiga Marguerite Bourgeoys. El contrato indica que Jeanne Le Ber ya había anticipado una considerable cantidad de dinero para cubrir los costos de construcción y decoración de su capilla. A cambio, la Congregación debía construirle una pequeña celda junto a la capilla y muy cerca del santuario y del tabernáculo que contienen el Santísimo. Además, una vez al año ellas deben exportar de Francia seda, lana y todos los hilos necesarios para costurar y bordar.

El día siguiente de aquella firma, en una procesión donde participó la mayor parte de la población de Ville-Marie, Jeanne Le Ber pronuncia sus votos de castidad y reclusión, se retira completamente del mundo, para nunca más salir de su celda. Ahí, Jeanne permanece unida a María y a los ángeles para alabar al Señor y vivir plenamente, en la alegría, su vocación de intercesión.

Recordémonos que algunos miembros de su propia familia participaban en las guerras y que ella estaba muy consciente de los peligros, riesgos y demás problemas del mundo. Jeanne Le Ber se retiró por amor a Dios y al mundo. Por medio de su vida completamente dedicada a Dios, ella intercede por la paz. Su prima, única persona autorizada a llevarle su comida, la informa de la vida y de las realidades de sus contemporáneos. A la edad de 52 años, la que los colonos llamaban «el ángel de Ville-Marie» muere con gran fama de santidad.


© Tous droits réservés Congrégation de Notre-Dame, Montréal, Québec, Canada