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Visitación:
una espiritualidad de servicio

Por Mary Anne Foley, CND

Los primeros dos capítulos del Evangelio de Lucas están llenos de acontecimientos maravillosos: dos veces aparece el mensajero angelical, con la promesa de la audaz e inesperada acción de Dios, y luego se cumple la promesa en los nacimientos imposibles de Juan y Jesús, el último acompañado de un coro celestial. En medio, en los versículos 39-56 del primer capítulo, las dos mujeres que serán las madres de Jesús y Juan se encuentran y cantan una canción de agradecimiento y celebración. No hay ángeles, ni milagros visibles. Esta corta narración, conocida como la Visitación, es una fuente inusual para una espiritualidad tan vibrante.

Sin embargo, durante el siglo XVII, cuando Marguerite Bourgeoys reunía mujeres para formar una comunidad dedicada al servicio realizado fuera de claustro, ella se volcó casi instintivamente a lo que ella llamó la «vida viajera» de María como inspiración para su congregación, la Congrégation de Notre-Dame. Desde entonces, las hermanas y de manera creciente ahora las personas asociadas, mujeres y hombres, a la Congregación han seguido el deseo de Marguerite de «recorrer su vida [la de María] y detenernos en lo que Nuestro Señor nos inspira hacer». Puesto que la Visitación sirve como paradigma a toda la «vida viajera» de María, la Congregación se ha detenido ahí para contemplar los tres movimientos de esta simple historia: El viaje de María, su visita a Isabel y su canto. Nuestra esperanza es que esta historia se convierta en el patrón de nuestra propia vida.

Bajo este enfoque, María no es simplemente un objeto de devoción sino una mentora, una compañera en nuestro caminar, «nuestra hermana verdadera», como lo dijo el Papa Pablo VI. Esta imagen de María, de una mujer comprometida activamente en el servicio desafió, en el siglo XVII, las suposiciones que se tenían de la mujer y de la santidad. Hoy en día, nuestras suposiciones son diferentes, pero todavía tratamos de permanecer espiritualmente arraigadas y atentas a las necesidades que nos rodean, en medio de vidas en constante movimiento. La Visitación nos puede retar así como inspirarnos en esa búsqueda.

Nuestra cultura se enorgullece en tomar la iniciativa, mejorar nuestra situación por medio de nuestros propios esfuerzos, fijar y cumplir metas, trabajar eficientemente. Nos han enseñado a valorar la actividad en términos de productividad, teniendo siempre en cuenta los resultados. Es demasiado fácil interiorizar los valores de nuestra cultura y luego traducirlos en un aspecto espiritual. Me parece que muy seguido los cristianos contemporáneos del primer mundo se evalúan a sí mismos de acuerdo al trabajo que realizan, de manera que ese servicio se convierte en un «producto». Ellos – nosotros – estamos tentados a perdernos en la actividad e ignorar la dimensión espiritual. La Visitación implica un tipo de productividad diferente.

En el primer movimiento de la Visitación, como lo cuenta Lucas, María se da cuenta del embarazo de Isabel por medio del ángel que declara a María llena de gracia y recibe su sí a la invitación de dar a luz al Hijo de Dios. Tan pronto como se entera de la noticia de Isabel, María sale de prisa, ansiosa y aparentemente, sin ningún plan. Servir en el espíritu de la Visitación fluye de la experiencia de haber recibido la bendición de Dios. Algunas veces simplemente ocurre así; no siempre espera el momento «correcto», cuando estamos preparadas y todo está en su lugar. Vivir las llamadas de Visitación significa estar listas a ser interrumpidas, a ser sorprendidas.

Por supuesto, servir no siempre es espontáneo. Generalmente debemos escoger y planear cómo vamos a servir, y luego continuar sirviendo día a día. Aún o quizá especialmente en ese momento, es importante mantener nuestros planes un poco a la ligera. Dios mantiene la iniciativa, así como el «producto». Mantener un balance delicado entre la pasión por el servicio y el desapego por el resultado puede ser muy difícil.

Debemos admitir humildemente que el impulso de servir generalmente viene de nuestra necesidad de ser necesitados o de nuestra necesidad de alcanzar el éxito. Reconocer nuestra motivación compleja puede ser el primer paso para dejar ir los frutos de nuestra acción. Al mismo tiempo, el mensaje del ángel a María permanece cierto para nosotras también: «Alégrate,… el Señor está contigo». El servicio de Visitación requiere alcanzar profundamente en ese pozo de misericordia y bondad una y otra vez, orar como si todo dependiera de Dios – que de hecho así es – mientras trabajamos como si todo dependiera de nosotras – que de alguna manera también es cierto.

El segundo movimiento de la Visitación comienza con la llegada de María a la casa de Isabel. En el relato de Lucas de la Visitación, al principio no escuchamos la voz de María. Su saludo a Isabel, que hace que el niño se mueva dentro de ella, es dicho fuera de la escena, por así decirlo. En esos primeros momentos de su encuentro, María sirve a Isabel, no por lo que ella hace o dice, sino simplemente por su presencia con esta mujer anciana y a la acción de Dios dentro de ella. Este es el aspecto más desafiante del servicio de Visitación para la mayoría de nosotras. Las necesidades urgentes del hambriento, del sediento, del desamparado, del marginado, del encarcelado nos llaman al servicio, y ¡deseamos hacer algo! Es difícil creer que nuestra presencia puede ser suficiente.

Estos días cuando las hermanas CND llegan por primera vez a servir a lugares lejanos, aunque conozcan el idioma, generalmente no comienzan de inmediato a trabajar en un servicio específico. Más bien se les pide que se tomen varios meses ejerciendo un «ministerio de presencia», durante el cual las personas del lugar comienzan a revelarse y a mostrar sus virtudes, así como sus necesidades. Es importante continuar con un ministerio de presencia, abriendo espacio a esa actitud de escucha, aun cuando las etapas iniciales han terminado y estamos comprometidas en un servicio activo. Esto implica una disciplina que nos obliga a detenernos a intervalos regulares para evaluarnos.

¿Cuál es el efecto del ministerio de presencia de María? Una nueva vida se mueve dentro de Isabel, y ella habla. En la memorable expresión feminista, la llegada de María le permite hablar y ser escuchada. Ella continúa hablando con valor y claridad. Cuando nace su hijo no duda en contradecir a aquellos que asumen que será llamado después de su padre: «No, se ha de llamar Juan». La Visitación, entonces, involucra estar presente con las demás personas de una manera que las mueva, que les permita proclamar y hablar con sus propias palabras.

Oír a otra persona hablar exige una escucha atenta, la manera en que escuchamos a alguien hablar un idioma extranjero, o aun a alguien que habla nuestro propio idioma, pero con un acento extranjero. Hace algunos años participé en una reunión de cinco días de más de trescientas hermanas y personas asociadas de la Congregación donde se hablaban cuatro idiomas. Nos reunimos varias veces en tres grupos diferentes de ocho personas, dos de los cuales incluían por lo menos dos idiomas. Estos grupos incluían algunas personas que sabían más de uno de los idiomas, pero la mayoría no tenían traductores profesionales. Pero de alguna manera nos arreglamos para escuchar y comprendernos, y aparentemente esa experiencia nos preparó para la reunión en pequeños grupos de un mismo idioma, en donde continuamos hablando de una manera simple y escuchando atentamente, y como resultado compartimos profundamente.

En una conversación las personas generalmente dicen, «entiendo lo que quieres decir», con el deseo de animar a la persona que está hablando. La frase parece sugerir que te escuché y comprendí. Pero en realidad generalmente comenzamos como «extraños» unos con otros. Cuando comenzamos a hablar, yo probablemente no entiendo lo que quieres decir, pero si puedo esperar y escuchar, nuestra conversación puede darte la oportunidad de revelármelo.

La necesidad de comenzar desde una actitud de escucha señala otra característica de servicio en el espíritu de la Visitación: mutualidad. Lucas nos dice que María se queda con Isabel durante aproximadamente tres meses, bajo cualquier circunstancia esta es una visita bastante larga. Esta visita no puede llevarse a cabo a menos de que Isabel prepare un lugar en su hogar y en su corazón para recibir a María. Debido a la hospitalidad de Isabel, María tiene tiempo suficiente para reflexionar lo que está sucediendo dentro de ella y lo acepta, mientras comparte su asombro y sus temores. Cuando siente que se engaña pensando en que Dios está obrando en ella, ella puede darse la vuelta y ver la vida nueva surgiendo en la mujer anciana. En otras palabras, ciertamente Isabel «visita» a María, tan cierto como lo contrario. La Visitación es mutua.

Por lo tanto, para que el servicio se convierta en una verdadera Visitación, la persona que sirve debe permitirse a sí mismo recibir de, así como dar a, la persona servida. Esta mutualidad se extiende hasta el movimiento final de la Visitación, cuando María es liberada para cantar el Magníficat, el canto alegre que proclama las grandes maravillas que el Padre santo y misericordioso ha hecho por la humilde esclava de Dios y celebra cómo Dios ha desbaratado la fortuna de los poderosos, elevando a aquellos hambrientos de alimento y de Dios.

Lucas da la impresión de que Isabel es simplemente una testigo silenciosa de la oración de María. ¿Pero, cómo puede ser eso? María está cantando lo que Isabel ha experimentado: Dios levantando al humilde. No solamente ha visto Isabel cómo ha sido invertido su estado de mujer infértil, pero también ha sentido la vida nueva moverse dentro de ella mientras el Espíritu de Dios la llena y la convierte en profeta. Si le preguntaran qué derecho tenía de unirse a María en su canto, ella tendría que responder con las palabras del himno del siglo XIX: «¿Cómo puedo dejar de cantar?». La Visitación conduce a Isabel, así como a María al Magníficat. Servir en el espíritu de la Visitación siempre invita a la otra persona dentro de un canto alegre de alabanza.

Mientras María se acerca a Isabel en la Visitación, su presencia mueve la nueva vida, presente ya en la mujer anciana. Ella se convierte en un espejo, permitiéndole a Isabel verse a sí misma como ella es. Ciertamente la alegría más grande de María es ser lo suficientemente transparente de manera que Isabel pueda encontrar, reconocer y celebrar al Padre santo que la visita a través de María. Por medio de la invitación que nos hace Marguerite Bourgeoys de vivir este misterio de la Visitación, le encomienda un tesoro a la Congrégation de Notre-Dame. En este tiempo en que la Iglesia está llamada a extender «la alegría del Evangelio» de maneras nuevas, toda la comunidad cristiana está invitada a compartir en este tesoro.


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