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Vivir hoy el carisma de Marguerite Bourgeoys

Por Denise Lamarche, CND

Un carisma es una fuerza de inspiración, un dinamismo de compromiso en un ángulo de percepción que moviliza una aptitud, una competencia, una habilidad a realizar una parte de la misión, una capacidad de actuar y de testimoniar. En resumen, es un don del Espíritu Santo con vistas al bien común. Es lo que podemos entender leyendo el capítulo 4, versículo 11 de la Carta a los Efesios. Los diversos dones o carismas enumerados en este versículo, los de ser apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, no son, por decirlo así, un regalo hecho sólo a las personas que los reciben, todas somos portadoras de ese regalo.

«Así preparó a los suyos para los trabajos del ministerio en vista a la construcción del Cuerpo de Cristo».

(Efe 4, 12).

En 1653, una mujer llamada Marguerite Borgeoys llegó de Troyes, Francia a nuestro país. Ella tenía un gran e importante carisma: el de la educación. Vino a la Nouvelle-France para reunirse con Jeanne Mance y Paul Chomedey de Maisonneuve con el propósito de abrir una escuela para los niños de los colonos. A causa del clima poco hospitalario, los niños morían a temprana edad, entonces, ella tuvo que esperar hasta el año 1658 para abrir su primera escuela. El carisma, el talento de la educación que era el suyo, no lo enterró durante estos cinco años en que no pudo enseñar a los niños. Se hizo educadora en otra parte y de otra manera: con los hombres y mujeres, educándolos a la vida de familia, a la vida ciudadana y a la vida cristiana. Con su compañera Catherine Crolo, acogieron a las Hijas del Rey, les enseñaron sus roles de esposa y de madre. Ella reunió a los hombres para levantar de nuevo la cruz de Mont-Royal y para construir la capilla Notre-Dame-de-Bon-Secours. Marguerite Bourgeoys, en todas estas acciones, como en su función de enseñante que practicó en cuanto pudo hacerlo, trataba de despertar la confianza de las personas para que a su vez hicieran lo mismo con las demás. Es lo que se llama hoy, según Paulo Freire, la educación liberadora.

Después de algún tiempo, las hermanas de la Congrégation de Notre-Dame fundada por Marguerite Boureoys se convirtieron en enseñantes. Educaron generaciones de jóvenes en las escuelas primarias y secundarias, en los colegios clásicos, en las Universidades. Otras hermanas encargadas de la cocina y de otros trabajos domésticos enseñaban a las jóvenes señoritas a cuidar de una casa. Ahora, a causa de la evolución de la sociedad y también a causa del envejecimiento, las hermanas enseñantes son mucho menos numerosas. Pero el carisma de Marguerite lo llevan todavía de diferentes maneras. Es así como vemos a algunas religiosas de la Congregación trabajar cerca y con niños que viven grandes dificultades en su familia. Estas hermanas los acogen, los ayudan a lograr sus estudios, los acompañan en su crecimiento físico, afectivo y espiritual. Ellas les enseñan a relacionarse con las demás personas. Ellas les revelan cuan importantes son. Ellas los liberan entonces de un aplastamiento destructor y los llevan a reconocer su dignidad.

Otras hermanas trabajan también cerca de los adultos. Dan cursos o dirigen retiros y diversas sesiones que tienen como fin el crecimiento de la fe. Ellas liberan entonces a las personas, acompañándolas en su búsqueda de un sentido a su vida. Otras participan en cocinas colectivas, en talleres de costura, poniendo así sus talentos al servicio de mujeres y hombres para que descubran los suyos y a su vez los pongan al servicio de su familia o de algunos organismos. Otras trabajan en los centros carcelarios o con ex detenidos, mostrándoles que ellos son más grandes que sus delitos, pero que deben pagar su deuda a la sociedad. Les ayudan a liberarse del odio, del deseo de venganza y de la falsa idea que tienen de no valer un comino.

Otras reúnen a jóvenes madres solteras para que aprendan, en una vida que no les es fácil, a educar a su niño que aman, pero que ha trastornado su vida. Otras reciben a señoras que sufren de soledad, de violencia y las inician en las artes, lo que las valoriza y les permite relacionarse con personas heridas como ellas. Otras son miembros de consejos de administración. Otras ponen sus dones al servicio de las comunidades cristianas y de las diócesis. Otras colaboran con organismos orientados a la justicia social. Ellas liberan la palabra que reivindica el respeto a las mujeres y a su lugar en la sociedad y en la Iglesia, el derecho de los pobres, la protección del planeta. Otras que ejercen los servicios de autoridad en medio de la Congregación se preocupan por hacerlo de tal manera que todas las hermanas asuman de diversas maneras este carisma de la educación liberadora, preciosa herencia de Marguerite Bourgeoys.

Las hermanas de la Congrégation de Notre-Dame y las personas asociadas a dicha congregación quieren continuar la parte de misión confiada a Marguerite Bourgeoys: favorecer una educación que retorna al sentido de la existencia y al crecimiento en la fe; una educación que abre a la vida fraternal y sororal a la luz del Evangelio; una educación que incita a realizar obras de justicia; una educación que orienta también hacia la oración y a la celebración del Señor.

El mayor deseo de Marguerite Bourgeoys era «que el gran precepto del amor de Dios por encima de todas las cosas y del prójimo como a sí mismo sea grabado en todos los corazones». Toda su obra de educación podría resumirse en esta aspiración que deben tener también sus hijas. Para ello, ella les pide continuar su intuición en una espiritualidad que reconoce que «la vida que la Santísima Virgen llevó todo el tiempo que estuvo sobre la tierra, debe tener sus imitadoras». Ahora bien, ¿no fue María la gran educadora de Jesús, su niño? ¿La educadora de los Apóstoles al momento del nacimiento de la Iglesia?

Desde hace más de trescientos años, muchas mujeres, en pos de Marguerite Bourgeoys, han dedicado su vida a Dios para educar en las escuelas, enseñándole a las jóvenes trabajadoras las artes domésticas, con todos los medios que promueven el despertar de la inteligencia, de la voluntad, del corazón...Ellas han contribuido y contribuyen todavía a la liberación de las personas que encuentran en el aprendizaje, nunca terminado de la libertad, una vía para vivir bien como mujeres y hombres firmes que saben ayudar a las demás personas a ser felices.

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